Lo había intentado por todos los medios posibles, había seguido todas las indicaciones de la abuela, le había seguido cada uno de sus consejos al pie de la letra, pero nada, seguía portando su maldición, su desgraciada maldición que lo privaba de poder tener una vida tranquila como cualquier ser humano.
Realmente se encontraba ensimismado, no sabía que hacer, había probado todo lo habido en este mundo, medicina natural, convencional, magia, psicología, psiquiatría, hasta se había hecho terapia de imanes, pero nada, su vida seguía siendo miserable por causa de su maldición.
Maldecía el día en que nació, maldecía a su madre y a su padre por haberlo concedido y maldecía al ladrón que una vez lo asaltó por no haberlo matado, se sentía horrible, su vida ya no tenía sentido, nada podría ir bien para él mientras siguiera maldito, fue en esos momentos en que renunciaba a su vida y pensaba seriamente en el suicidio que por casualidad, se sentó en su cama, miró hacia su velador y vio un viejo libro que había leído en sus años de escuela, recordó lo bueno que era, y así como para darle un calmante al alma, se puso a leerlo, y leyó y leyó, se hizo de noche y seguía leyendo aquellas páginas que tal como hoy, en épocas pasadas le habían causado tanta alegría y entusiasmo, fue ya cuando iba llegando a las últimas hojas de aquel libro, cuando se comenzó a sentir distinto, un terrible malestar embargo su cuerpo, pensó que iba a morir, pero en ese instante se dio cuenta que ese dolor solo era señal de una cosa, se había roto la maldición, tomó el libro con rapidez, salió de su cuarto y se fue corriendo al baño, en menos de un segundo, ya se había bajado pantalones y calzoncillos y yacía ahí, en su trono, sentado, leyendo, diciéndole al mundo que ya no era un ser maldito.
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