Las 6 de la tarde en punto y tomé el metro, el ferrocarril,
el tren, como prefieran llamarle, lo tomé y como de costumbre venía lleno,
asfixiante de caras tristes y de sueños rotos.
Siempre me he preguntado cuántos futbolistas, profesores y modelos frustrados
viajan a mi lado, es triste, pero nos pasa a todos, quizás otro me mira y ve
esa cara pálida con cejas frondosas que saludan con tristeza al mundo todas las
mañanas, y dice “pobre desgraciado”.
Mantengo aquel recuerdo, el momento en
que llegando a la siguiente estación, se
abrió la puerta y entró una masa
enorme, me hice hacia un costado, quedé frente a la puerta del otro lado, más
tranquilo y relajado, como pude acomode
mi cuerpo al lado de una señora
que me miraba con ojos enojados.
Sigo recordando, aquel día helado en que iba en el tren de Santiago,
especialmente el momento después del
cierre de puertas, vuelvo a escuchar el sonido que me dice que empezó la marcha, entramos al túnel, a esa
oscuridad tan profunda, tan terrible pero hermosa a la vez, repleta de ruido,
falta de aire. Recuerdo que en esa oscuridad vi a otro cuando miraba al frente, lo miré en el vidrio
y se parecía a mí, pero no era yo, eso estaba claro, pero nos parecíamos mucho,
tenía las mismas cejas tristes, la misma cara demacrada, los mismos sueños
rotos, y al parecer vivía en el mismo mundo que yo, aunque no éramos el mismo,
creo que del otro lado, dónde vivía él, también se mueren de hambre, también sufren y
mueren de cáncer, lo que realmente me
alegra, me da esa alegría amarga que te
produce el saber que no eres el único que tiene
tan terrible existencia.